Marketing y alianzas
En resumen: Detrás de una misma palabra se esconden dos oficios vecinos. La estrategia de marketing decide a quién se dirige uno, en lugar de qué se propone y sobre qué criterio resulta preferible, y después elige por dónde pasar para darlo a conocer. La búsqueda de alianzas es un trabajo de negociación: propone a una organización que ya posee el acceso a una audiencia un intercambio del que esa organización obtiene un beneficio propio. La compra de espacio publicitario alquila una atención y ahí termina; una alianza compromete la reputación de quien recomienda, lo que explica a la vez su valor y su fragilidad. Ninguno de los dos rescata una oferta que no responde a ninguna necesidad.
«Nos haría falta más visibilidad» es una petición frecuente y una frase que encubre al menos cuatro problemas distintos: no ser conocido, ser conocido sin ser comprendido, ser comprendido sin ser preferido, o ser preferido sin que la solicitud llegue a concretarse. Cada uno exige un remedio diferente y tres de ellos no se resuelven publicando más. La palabra marketing no facilita el diagnóstico, ya que designa de una sola vez una serie de decisiones —a quién se habla, qué se promete, a qué se renuncia— y el conjunto de trabajos que las vuelven perceptibles. La búsqueda de alianzas padece una imprecisión comparable: se la clasifica entre los canales cuando en realidad es una negociación entre organizaciones, con competencias propias, ritmo propio y maneras propias de fracasar. Esta página describe lo que separa a estos dos oficios vecinos, qué abarcan el posicionamiento, la audiencia, los canales y la medición, qué es una alianza frente a una compra de espacio y qué la sostiene o la rompe, cómo se conduce un trabajo de este tipo, los errores que más medios consumen sin resultado, y los casos en los que hay que reconocer que ni el marketing ni la alianza responden al problema planteado.
Estrategia de marketing y búsqueda de alianzas: dos oficios vecinos
En resumen: El marketing decide a quién se habla, con qué promesa y en lugar de qué alternativa; trabaja sobre una audiencia. La búsqueda de alianzas negocia un intercambio con una organización que ya posee el acceso a esa audiencia; trabaja sobre una relación. Las finalidades coinciden; las competencias, el ritmo y los modos de fracaso no.
Bajo la palabra marketing conviven tres capas que conviene separar, porque no se deciden ni en el mismo momento ni por las mismas personas. La primera es estratégica: resuelve a quién se habla, qué se les promete, en lugar de qué se propone uno y qué acepta no ser. La segunda es la de la captación: por qué caminos puede encontrarse la atención de esas personas, a qué coste y con qué regularidad. La tercera es la ejecución: los textos, las imágenes, las páginas, los mensajes, todo aquello que vuelve perceptible la promesa. Empezar por la tercera es la confusión más fácil de cometer, porque es la única visible y la única cuyo resultado puede mostrarse. Una empresa que rehace su sitio, abre una cuenta en una red y publica con constancia ha producido mucha ejecución sin haber tomado una sola decisión estratégica; el trabajo es real, simplemente no responde a ninguna pregunta. El orden inverso resulta menos cómodo, porque la primera capa no produce nada que pueda mostrarse: produce renuncias.
Una estrategia de marketing se resume en un número reducido de decisiones, cada una de las cuales excluye algo. A quién se habla, sabiendo que elegir un segmento es ante todo una lista de personas a las que se deja de apuntar. En lugar de qué se propone uno, pregunta que obliga a nombrar la alternativa real: un competidor, un apaño interno, un profesional de otro oficio, o la inacción, que es una alternativa por derecho propio. Sobre qué criterio resulta uno preferible, lo que exige quedarse con uno en vez de enumerarlos todos. Y mediante qué se vuelve creíble esa preferencia, porque una promesa sin prueba no es más que una afirmación añadida en un mercado donde todo el mundo afirma. Estas decisiones se toman con información incompleta y se revisan, pero deben tomarse: mientras no lo estén, cada arbitraje de ejecución —qué texto, qué camino, qué oferta destacar— se resuelve según el humor del día, y los esfuerzos sucesivos no se suman porque no apuntan en la misma dirección.
La búsqueda de alianzas persigue la misma finalidad —encontrar personas a las que no se llega en solitario— por un camino de naturaleza distinta. Su unidad de trabajo no es una audiencia sino una organización, con objetivos propios, calendario propio, restricciones internas e interlocutores que no tienen todos el mismo interés en que el acuerdo exista. A un aliado no se le apunta, se le propone un intercambio, lo que supone comprender antes qué busca: atender una demanda que recibe sin saber tratarla, completar una oferta cuyas carencias conoce, disponer de un motivo legítimo para retomar el contacto con sus clientes, desprenderse de una tarea que ejecuta mal, o parecer más completo frente a un competidor que sí lo es. Las competencias implicadas no son las de la captación: se trata de cualificar, de solicitar, de escuchar una objeción, de escribir lo acordado y de sostener una relación en el tiempo. El ritmo también difiere. Una campaña se lanza cuando uno lo decide; un acuerdo depende de una decisión que no se toma uno mismo y avanza a la velocidad de la más lenta de las dos organizaciones.
La confusión entre ambos oficios se explica por un vocabulario común y se paga en expectativas mal situadas. Las mismas palabras —visibilidad, audiencia, notoriedad, imagen— sirven para describir los dos, aunque en cada uno no designan los mismos objetos. Los modos de fracaso, en cambio, no se parecen. Una campaña mal concebida fracasa en silencio: nadie responde, nadie lo advierte, se vuelve a empezar en otra parte sin haber estropeado nada. Una alianza mal concebida fracasa ruidosamente: un compromiso incumplido, una audiencia descontenta o una exclusividad mal entendida dejan huella en una relación que existía antes y seguirá existiendo después. El crecimiento difiere otro tanto. Un camino de pago se amplifica dedicándole más, hasta que su audiencia se agota; una alianza no se amplifica así, porque no se multiplica por el gasto sino por el número de relaciones que una organización puede sostener realmente, que es pequeño. Una empresa que trata sus alianzas como un canal de volumen descubre pronto que ha firmado acuerdos que nadie tiene tiempo de mantener vivos.
Quedan por descartar algunos solapamientos. Ni el marketing ni la alianza son la venta: preparan un encuentro, cualifican, hacen posible una preferencia, pero alguien tiene después que conducir una conversación y cerrar. Confundirlos lleva a juzgar un trabajo de preparación por un resultado que depende de otra competencia. La palabra aliado también merece vigilancia, porque el uso le hace recubrir tres situaciones distintas. Un anunciante o un mecenas aporta medios a cambio de una exposición o de una asociación de imagen: la relación sigue siendo próxima a la compra de espacio, con una dimensión añadida de reputación. Un prescriptor remunerado orienta solicitudes hacia un tercero a cambio de una contrapartida acordada: es una relación comercial, no una asociación. Un aliado en sentido propio compromete algo que le pertenece —su recomendación, el acceso a sus clientes, su nombre— en una operación de la que espera un beneficio que no puede obtener solo. Emplear la misma palabra para estas tres situaciones lleva a negociar una como si fuera la otra y a extrañarse después de que el compromiso obtenido no sea el que se creía.
Posicionamiento, audiencia, canales, medición — y qué es una alianza
En resumen: Un posicionamiento es un lugar relativo en la mente de quien compara, no un eslogan. Una audiencia se describe por una situación y un desencadenante antes que por una categoría. Un canal es un camino hacia una atención que ya existe, y se accede a ella pagando, produciendo o tomando prestada la de otro. Ese tercer caso es el que ocupa la alianza, y se paga en reputación antes que en dinero.
Un posicionamiento no es un eslogan ni una descripción de la oferta: es el lugar que ocupa una empresa en la mente de una persona en el momento en que esta compara. Se formula en tres elementos inseparables: para quién, en lugar de qué, sobre qué criterio. El segundo es el único que puede omitirse sin que el enunciado parezca incompleto, aunque gobierna a los otros dos: mientras no se haya nombrado lo que la persona haría si uno no existiera, se ignora contra qué se argumenta y se responde a objeciones que nadie formula. El tercero debe ser único en sentido estricto: reivindicar a la vez la calidad, el precio, el servicio y la cercanía equivale a no reivindicar ninguno, ya que todos dicen otro tanto y nada permite ya decidir. Una prueba sencilla revela la presencia o la ausencia de un posicionamiento: deben existir clientes a los que designe como no siendo para usted y solicitudes que lleve a rechazar. Un enunciado que no hace renunciar a nada no es un posicionamiento, es una presentación.
La audiencia es el segundo objeto, y una definición habitual de ella —una edad, un oficio, un tamaño de empresa, un sector— es la menos operativa. Esas categorías describen quiénes son las personas, no lo que las pone en movimiento. La descripción útil parte de una situación y de un desencadenante: qué ocurre en la vida o en la actividad de alguien para que el asunto se vuelva de pronto urgente, y en qué momento preciso empieza a buscar. Dos personas a las que todo separa por lo demás pueden compartir el mismo desencadenante, y dos empresas rigurosamente comparables sobre el papel no están en el mismo punto de ese recorrido. Se añade una distinción que cambia la manera de escribir en cuanto una decisión implica a varias personas: quien usará no siempre es quien decide, ni quien paga, ni quien puede bloquear sin decidir nada. Por último, hay que separar el mercado —todos los que podrían comprar— de la audiencia alcanzable, es decir, aquellos a los que efectivamente se está en condiciones de llegar con los medios disponibles. Confundir ambos produce razonamientos seductores sobre un potencial del que nada indica por dónde se alcanzaría.
Un canal no es una herramienta ni una plataforma: es un camino por el que puede tomarse prestada una atención que ya existe. Esta definición tiene una consecuencia práctica inmediata: el punto de partida de la elección no es lo que la empresa sabe hacer, sino el lugar donde las personas afectadas ya se encuentran y el estado de ánimo con el que están allí. Tres familias se distinguen por lo que se entrega a cambio. Se paga: la compra de espacio, en sus formas antiguas o recientes, adquiere una exposición definida ante una audiencia que pertenece a otro. Se produce: contenidos, respuestas públicas, presencia en los lugares donde el tema se discute, lo que cuesta tiempo y constancia antes que dinero. Se toma prestado: la audiencia de un tercero se pone a disposición porque ese tercero encuentra en ello un interés, y es el terreno de la alianza y de la prescripción. Cada familia tiene su reversibilidad. Lo que se paga se detiene en seco en el instante en que se interrumpe el gasto. Lo que se produce permanece, pero tarda en dar fruto y se degrada si se abandona. Lo que se toma prestado no se detiene por sí solo, pero tampoco se recupera, ya que depende de una voluntad que no es la suya.
La diferencia entre una alianza y una compra de espacio publicitario no es una diferencia de precio sino de naturaleza. En una compra de espacio, la transacción es completa: se entrega una suma, se obtiene una exposición cuyos términos se conocen de antemano, y la relación termina al vencimiento sin que el soporte haya tomado partido sobre lo que uno vale. Eso es precisamente lo que la hace cómoda —se compra, se compara, se repite— y también lo que limita su efecto, puesto que la audiencia sabe que un espacio se compra e interpreta el mensaje en consecuencia. Una alianza se apoya en lo contrario: la organización que se asocia pone en juego algo que ningún pago sustituye, su recomendación, y tras ella la confianza que sus clientes le conceden. Un cliente decepcionado por lo que ella recomendó se lo reprochará a ella, no a usted; el riesgo que asume es de reputación, es asimétrico y recae sobre lo que más le costaría reconstruir. De ahí se deriva la regla que gobierna todo lo demás: un aliado no acepta porque se le hayan presentado bien las cosas, acepta porque obtiene del acuerdo un beneficio que su propio plan no le da.
Ese beneficio puede describirse, y nombrarlo antes de abordar a nadie evita la mayor parte de las negativas. Adopta unas pocas formas recurrentes: atender una demanda que recibe sin saber tratarla, lo que le evita decir que no; completar una oferta cuyas carencias conoce; disponer de un motivo legítimo para retomar el contacto con sus propios clientes; desprenderse de una tarea que ejecuta sin gusto ni competencia; o parecer completo frente a un competidor que sí lo es. Simétricamente, lo que rompe una alianza se reduce a un número pequeño de causas. La contrapartida nunca se formuló, habiendo supuesto cada parte que la otra daría el primer paso. El esfuerzo es asimétrico y uno de los dos lo advierte después de haber trabajado. El acuerdo se apoya en una sola persona y muere el día en que esta cambia de función, porque nadie más sabe por qué existe. El aliado descubre una competencia donde esperaba una complementariedad. O bien un cliente mal atendido llega hasta él y retira su nombre sin discusión. Un acuerdo que ha previsto este último caso —quién responde, con qué prontitud, quién informa a quién— sobrevive al incidente; un acuerdo que no lo ha previsto se detiene ahí.
La medición, por último, solo tiene sentido si se sabe a qué eslabón se aplica. Una cadena enlaza la exposición —el número de personas que tuvieron ocasión de ver—, la atención, la respuesta, el contacto identificado y después el cliente. Cada eslabón tiene su medida propia y ninguno prejuzga el siguiente: un camino puede destacar en exposición y no producir nada después, lo cual es información aprovechable y no un fracaso global. Conviene conocer dos dificultades. La primera es la atribución: cuando una persona ha encontrado a una empresa en repetidas ocasiones antes de contactarla, atribuir el mérito al último punto de contacto es cómodo y falso, y esa comodidad condena mecánicamente a los caminos lentos y a las recomendaciones, que intervienen pronto. La segunda es propia de las alianzas: una recomendación oral no deja ninguna huella técnica y ninguna herramienta la reconstruirá. El único método fiable consiste en preguntar a quienes llegan qué los condujo hasta allí, aceptando que esa respuesta sea imprecisa pero orientada en el buen sentido antes que precisa y falsa.
Del diagnóstico al seguimiento: cómo se conduce este trabajo
En resumen: Partir de los negocios ya cerrados y del punto donde la cadena se rompe, escribir un posicionamiento que excluya y hacerlo reformular por personas que no le conocen, quedarse con pocos caminos y sostenerlos, cualificar a los aliados por la audiencia compartida antes de abordarlos, y después revisar periódicamente lo que sigue vivo y lo que ya no lo está.
El diagnóstico parte de lo que ya se ha vendido antes que de lo que se querría vender. Reconstruir el origen de los últimos negocios cerrados —no a partir de las herramientas, que solo guardan un rastro parcial, sino preguntando a las personas implicadas cómo llegaron y qué las decidió— enseña en una conversación lo que ningún razonamiento encuentra. Se le añade la otra mitad, casi siempre descuidada: quienes pidieron un presupuesto y no fueron más lejos, cuyo motivo de renuncia es el material más útil que existe. El objeto de este examen es situar el punto donde la cadena se rompe, porque cuatro rupturas muy distintas se quejan con las mismas palabras. Se puede no ser conocido por las personas afectadas. Ser conocido sin ser comprendido, al estar descrita la oferta con un vocabulario interno. Ser comprendido sin ser preferido, a falta de una razón para elegir esta y no otra. O ser preferido sin que la solicitud llegue a concretarse, porque un paso desanima o una respuesta tarda. Cada una exige un remedio distinto, y tres de ellas no se tratan aumentando la visibilidad.
La definición del posicionamiento se conduce como un trabajo de escritura sujeto a restricciones. Se redacta un enunciado único que dice para quién, en lugar de qué y sobre qué criterio; el ejercicio parece trivial hasta que se advierte que obliga a zanjar cuestiones que seguían abiertas entre personas que se creían de acuerdo. Después se somete a tres pruebas. La prueba de exclusión: si ninguna solicitud queda descartada por ese enunciado, no compromete a nada. La prueba del competidor: si un competidor pudiera firmar la misma frase sin mentir, esa frase no dice nada de usted. La prueba de reformulación: se lee a personas que no conocen la empresa y se les pide que la repitan con sus propias palabras, lo que revela sin miramientos qué se ha entendido y qué no. Llega por último la cuestión de las pruebas: cada afirmación conservada exige aquello que la vuelve creíble para alguien que no tiene ningún motivo para confiar, y una afirmación de la que no se sabe qué prueba la acompañaría conviene retirarla antes que repetirla.
La elección de los caminos se hace por eliminación y no por adición. Se parte del lugar donde la audiencia descrita ya se encuentra, se descartan aquellos donde no está cualquiera que sea su prestigio aparente, y se conserva el número más pequeño de caminos que la empresa puede sostener realmente. Este último criterio es decisivo y a menudo se ignora: el coste de un camino no es su coste de entrada sino su coste de mantenimiento, y una presencia alimentada a tirones produce menos que una presencia modesta alimentada sin interrupción. Es útil separar explícitamente dos regímenes. La prueba busca saber si un camino produce algo; se conduce sobre un perímetro restringido, con un mensaje único, y exige haber decidido de antemano qué contará como respuesta positiva o negativa, sin lo cual se concluirá lo que se esperaba. La explotación viene después y consiste en instalar lo que ha funcionado en una rutina sostenible. La falta corriente consiste en abrir varios caminos a la vez en un clima de urgencia: ninguno recibe la atención necesaria, ninguno es concluyente, y se retiene que ninguno funciona.
El acercamiento a los aliados empieza por una lista construida sobre la audiencia compartida y no sobre la notoriedad. Ante cada nombre hay que saber si esa organización habla ya, con regularidad y con pertinencia, a las personas que se busca alcanzar, y si lo que vende se sitúa al lado de lo que uno vende antes que enfrente. Una cualificación previa evita la mayor parte de las conversaciones inútiles: ¿es real el solapamiento de audiencias?, ¿existe un conflicto con su oferta actual o con un acuerdo que ya haya cerrado?, y ¿quién, dentro de ella, tendría un interés personal en que esto exista? —porque un acuerdo que solo interesa a la organización en general nunca avanza—. La propuesta se formula después desde el problema del aliado y no desde el propio: lo que podrá hacer y no hace, lo que podrá dejar de hacer, lo que podrá anunciar a sus clientes. Vale más proponer un primer gesto pequeño, fechado y reversible que un acuerdo marco ambicioso: una operación limitada se decide rápido, se ejecuta y aporta la única información que cuenta, la de saber si ambas organizaciones trabajan bien juntas.
Lo acordado se escribe, incluso —y sobre todo— entre personas que se entienden bien. El documento útil es breve y responde a preguntas concretas: qué hace cada parte y para qué plazo, qué puede decir cada parte de la otra y bajo qué forma, qué es exclusivo y qué no lo es, qué ocurre con los datos de las personas que pasen de una a otra, cómo se avisan en caso de incidente y cómo termina el acuerdo. El seguimiento descansa después en dos citas de naturaleza distinta. Una se ocupa de los caminos y examina la cadena de medición eslabón por eslabón, juzgando sobre un ciclo completo de decisión antes que sobre una variación aislada. La otra se ocupa de las alianzas y plantea preguntas que ningún cuadro contiene: ¿sigue este acuerdo activo o solamente firmado?, ¿quién lo lleva de cada lado?, ¿qué ha cambiado la otra organización desde entonces?, ¿y qué obtiene realmente cada parte? Ahí es donde se decide detener lo que ya no vive, decisión que se aplaza de buena gana porque una alianza inactiva no cuesta nada visible, mientras ocupa un lugar y mantiene la ilusión de un canal.
Los errores que consumen medios sin mover nada
En resumen: Hablar a todo el mundo para no excluir a nadie, confundir notoriedad con captación, firmar alianzas cuya contrapartida nunca se formuló, no medir nada o medir solo el último gesto, y cambiar de mensaje antes de que haya tenido la menor ocasión de ser reconocido.
El primer error consiste en hablar a todo el mundo, y no hace falta ninguna negligencia para caer en él: basta el miedo a perder un negocio. Rechazar un segmento parece caro cuando la cartera es incierta, de modo que se ensancha el enunciado hasta que ya no excluye a nadie. El resultado se reconoce de lejos: una presentación que enumera todo lo que la empresa sabe hacer, una promesa de adaptación a cada situación, un vocabulario en el que ningún término pertenece a un oficio en particular. Nadie se reconoce en él, porque reconocer un mensaje supone que este haya apartado a algún otro. El error simétrico existe y se encuentra en quienes aprendieron bien la lección: dividir tan finamente que ya no queda una audiencia alcanzable sino un puñado de casos, sin lugar donde encontrarlos y sin volumen que justifique un camino. Entre ambos, el criterio practicable es doble: el segmento debe ser bastante homogéneo para que una misma frase alcance a sus miembros, y bastante identificable para saber decir dónde se encuentran. Un segmento que se sabe describir pero no se sabe encontrar todavía no lo es.
El segundo error consiste en confundir ser visto con ser elegido. Las medidas de visibilidad —visualizaciones, suscriptores, menciones, presencia en un evento— tienen dos propiedades que explican su fortuna: se obtienen con facilidad y se muestran con agrado. Sin embargo, no dicen nada de la decisión de compra, y es corriente verlas progresar mientras no llega ninguna solicitud adicional. Esto no significa que la notoriedad sea inútil: cuando una decisión se toma rara vez, cuando compromete de forma duradera o cuando pasa por una recomendación, ser ya conocido en el momento en que aparece la necesidad es exactamente lo que marca la diferencia, y ese trabajo se hace antes de necesitarlo. El error no es, por tanto, buscar notoriedad, sino buscarla sin decirlo y esperar de ella los efectos de un trabajo de captación. Una prueba disipa la ambigüedad: antes de emprender una acción, escribir qué debería ocurrir si tuviera éxito, y en qué eslabón de la cadena. Si la respuesta es que se sería más conocido, la acción es de notoriedad y se juzgará como tal; si la respuesta es que llegarían solicitudes, hay que poder decir por qué camino.
El tercer error es el de las alianzas sin contrapartida definida, y se reconoce por su entusiasmo. Dos organizaciones que se aprecian concluyen que deberían trabajar juntas, se prometen apoyo mutuo, anuncian a veces públicamente su acercamiento, y luego no hacen nada al respecto —no por mala fe, sino porque nadie dijo nunca qué haría cada parte, para quién ni para cuándo—. Tres defectos precisos se esconden tras esa fórmula general. La ausencia de una primera acción concreta y fechada, que deja el acuerdo en un estado de intención indefinida. La ausencia de nombre: nadie está encargado de mantenerlo vivo de una parte y de otra, y un acuerdo que lleva todo el mundo no lo lleva nadie. La ausencia de simetría explícita, que deja instalarse una situación en la que una parte entrega con regularidad oportunidades a la otra sin recibir ninguna jamás, lo advierte tarde y se retira sin explicar por qué. Se añade una confusión de vocabulario que conviene vigilar: anunciar una alianza no es un resultado comercial sino una intención hecha pública, y publicarla antes de que haya producido algo expone a ambas organizaciones a tener que explicar más tarde en qué quedó.
El cuarto error se refiere a la medición y se presenta con dos rostros opuestos. El primero es la ausencia: sin punto de referencia, se conserva lo que tranquiliza y se abandona lo que aún no ha producido, es decir, a menudo lo contrario de lo que habría que hacer, puesto que los caminos lentos son precisamente los que no han producido nada en el momento en que se juzga. El segundo es el exceso mal orientado: medir mucho, pero solo lo que se deja contar sin esfuerzo. El último punto de contacto antes de una solicitud es el más sencillo de registrar, y atribuirle todo el mérito equivale a acreditar a la puerta de entrada el trabajo de la calle entera. Una empresa que se guía por ese único indicador cortará primero lo que interviene pronto —la recomendación, la presencia allí donde el tema se discute, el contenido que dio a conocer el nombre— y comprobará después que lo que quedaba ya no basta. Dos precauciones vuelven honesta la medición sin complicarla: preguntar sistemáticamente a quienes llegan qué los condujo hasta allí, y juzgar un camino sobre un ciclo completo de decisión antes que sobre el periodo durante el cual se lo observa.
El quinto error reúne cuatro hábitos que suelen encontrarse juntos. Copiar el posicionamiento de un competidor que triunfa: se hereda su promesa sin sus medios, sin su antigüedad y sin las razones que lo llevaron hasta ahí, y uno se sitúa voluntariamente en el terreno donde él es más fuerte. Cambiar de mensaje porque uno se ha cansado de él: el cansancio interno llega siempre antes que el reconocimiento externo, y una empresa que renueva su promesa en cuanto la ha oído bastante no deja a nadie tiempo de asociarla a su nombre. Prometer lo que la ejecución no sostiene: un marketing eficaz apoyado sobre una prestación deficiente no hace más que acelerar el encuentro entre unos clientes y una decepción, y convierte un problema discreto en reputación. Y confiar el conocimiento de la propia audiencia a un tercero hasta el punto de dejar de poseerlo: las conversaciones con los clientes, los motivos de rechazo y las objeciones recurrentes son el activo que hace posibles todas las decisiones siguientes, y una empresa que deja de recogerlas ella misma depende de la interpretación ajena para comprender su propio mercado.
Cuándo ni el marketing ni la alianza son la respuesta adecuada
En resumen: Una oferta que no responde a ninguna necesidad no se rescata: el marketing acelera un encuentro, no crea el deseo. Algunas audiencias no tienen ningún intermediario que posea su confianza, y la alianza no tiene ahí ningún asidero. Cuando el problema se sitúa después de la venta, en una capacidad ya saturada o en una decisión que nadie ha tomado, atraer más agrava la situación en lugar de mejorarla.
El primer límite es el más duro de escuchar. El marketing acelera el encuentro entre una oferta y personas que la necesitan; no fabrica la necesidad, y ninguna cantidad de trabajo sobre el mensaje convierte una indiferencia en deseo. Las señales de una oferta sin mercado son reconocibles y rara vez se confunden con un problema de visibilidad. La gente comprende perfectamente lo que se le propone y no lo quiere: no es, por tanto, la explicación lo que falla. Se cosecha curiosidad, felicitaciones, ánimos, y ninguna solicitud: la curiosidad es una reacción ante una novedad, no ante una carencia. Quienes prueban se detienen tras la prueba sin que haya ocurrido nada desagradable. O bien la respuesta que se repite es que se apañan muy bien sin ello, lo que designa la alternativa real: la inacción. En estas situaciones, destinar medios a la captación produce una lección cara cuyo contenido ya se conocía. El trabajo útil está en otra parte: hablar con quienes dijeron que no, comprender qué hacen en su lugar, y aceptar que la conclusión pueda ser modificar la oferta antes que su presentación.
El segundo límite atañe a las alianzas, que suponen una condición cuya ausencia no se compensa: hace falta que una organización posea ya el acceso a la audiencia buscada y la confianza que lo acompaña. Esa condición no siempre se cumple. Algunas audiencias están atomizadas, sin lugar, sin estructura y sin intermediario natural; la decisión se toma allí individualmente, en un marco privado, y nadie está en condiciones de recomendar nada. Otras pertenecen a un tema demasiado sensible para que una organización acepte asociar su nombre a él, sea cual sea la calidad de lo que se propone: no es el valor lo que está en cuestión, es el riesgo de reputación que se niega a asumir. Ocurre también que todos los intermediarios plausibles sean en realidad competidores, presentes o futuros, en cuyo caso la complementariedad que uno cree ofrecerles se lee en ellos como una amenaza. Por último, una audiencia captada por un número muy pequeño de actores dominantes apenas se trabaja mediante alianzas, porque esos actores no tienen ninguna razón para intercambiar lo que pueden vender. En estos casos, insistir equivale a coleccionar negativas corteses.
El tercer límite depende del lugar donde se sitúa el problema. Cuando lo que falta no es la demanda sino la capacidad de atenderla, atraer más agrava la situación: los plazos se alargan, la calidad se degrada, quienes esperan renuncian, y la empresa gasta para fabricar ocasiones que no podrá honrar. El mismo razonamiento vale cuando el problema se sitúa después de la venta. Si los clientes conseguidos no permanecen, la captación financia su reemplazo en lugar de añadir nada, y el trabajo útil recae sobre lo que ocurre entre el primer uso y el abandono —asunto del producto, del servicio o de la relación, nunca del mensaje—. Un tercer caso es más difícil de admitir porque no tiene nada de técnico: cuando lo que bloquea es una decisión que nadie ha tomado —qué se deja de vender, a qué cliente se renuncia a atender, qué se factura de otro modo—, ningún trabajo de posicionamiento puede tomarla en lugar de quienes dirigen la empresa. Producirá a lo sumo una formulación elegante de una ambigüedad mantenida, y esa elegancia hará la contradicción más difícil de ver.
El cuarto límite es el del momento. Una oferta que cambia con cada cliente no se posiciona: no se puede decir a qué se renuncia cuando todavía no se ha decidido, y un enunciado producido en ese estado será desmentido por el próximo negocio aceptado. El orden honesto consiste entonces en estabilizar primero lo que se vende, aunque sea sobre un número muy pequeño de casos, y describir después. Existe una situación inversa e igualmente real: una empresa que recibe ya más solicitudes de las que atiende no necesita suscitar otras; lo que le prestaría servicio es filtrar mejor, decir antes lo que no hace y, llegado el caso, revisar lo que acepta. Por último, cuando los medios disponibles solo permiten una presencia intermitente en un camino muy disputado, el cálculo es desfavorable: una presencia discontinua en un terreno saturado produce menos que una presencia constante en un terreno estrecho, y concentrar vale más que cubrir. Reconocerlo no es renunciar, es elegir el único lugar donde el esfuerzo disponible puede ser advertido.
El quinto límite delimita lo que una comunicación no puede hacer honestamente. No repara una reputación dañada por hechos: mientras los hechos duren, todo mensaje que los contradiga acelera su difusión, y el único camino practicable pasa por cambiar aquello que los produjo. No garantiza ningún resultado, porque lo que se busca obtener es la decisión ajena, la cual depende de sus medios, de su calendario, de sus prioridades y de un competidor que también trabaja; aquello a lo que cabe comprometerse recae sobre el trabajo conducido y sobre la manera en que se tomarán las decisiones siguientes, nunca sobre la respuesta del mercado. No sustituye a la venta cuando la decisión exige una conversación: en ese caso, lo esencial del esfuerzo debe recaer sobre el número y la calidad de las conversaciones obtenidas, no sobre la producción de mensajes. Y no debería servir para dar salida a lo que no debería tenerla: una oferta que se sabe que decepcionará quizá se venda una vez, y esa venta se pagará después en lo que los clientes digan de ella, que es precisamente el camino que ningún presupuesto compra.
Preguntas frecuentes
¿Qué diferencia hay entre una estrategia de marketing y una búsqueda de alianzas?
La finalidad es común —encontrar personas a las que no se llega en solitario— pero la unidad de trabajo difiere. Una estrategia de marketing trabaja sobre una audiencia: decide a quién se habla, en lugar de qué alternativa se propone uno, sobre qué criterio resulta preferible y por qué caminos puede encontrarse esa preferencia. Una búsqueda de alianzas trabaja sobre una organización: cualifica, solicita, negocia y sostiene una relación con un tercero que ya posee el acceso a esa audiencia. Las competencias no son las mismas, el ritmo tampoco —una campaña se lanza cuando uno lo decide, un acuerdo depende de una decisión que no se toma uno mismo— y los fracasos no se parecen: una campaña fallida pasa inadvertida, una alianza fallida deja huella en una relación que seguirá existiendo.
¿Qué es un posicionamiento y cómo se sabe que se tiene uno?
Un posicionamiento es el lugar que ocupa una empresa en la mente de quien compara, y se formula en tres elementos: para quién, en lugar de qué, sobre qué criterio. El segundo es aquel cuya ausencia no deja rastro, aunque determina todo lo demás: sin haber nombrado lo que la persona haría si uno no existiera —un competidor, un apaño interno, o no hacer nada—, se argumenta en el vacío. Se sabe que un posicionamiento existe por una única señal: excluye. Designa clientes que no son para usted y solicitudes que lleva a rechazar. Dos pruebas complementarias lo verifican: ¿podría un competidor firmar la misma frase sin mentir?, ¿y sabe una persona ajena repetirla con sus propias palabras después de haberla leído una vez?
¿Cómo describir una audiencia sin limitarse a categorías demográficas?
Partiendo de la situación antes que de la identidad. Una edad, un sector o un tamaño de empresa dicen quiénes son las personas, no lo que las pone en movimiento. La descripción operativa se apoya en un desencadenante: el acontecimiento tras el cual el asunto se vuelve urgente y alguien empieza a buscar. Dos personas a las que todo separa por lo demás pueden compartir el mismo desencadenante. Se añaden dos distinciones útiles. En cuanto una decisión implica a varias personas, quien usará no siempre es quien decide, ni quien paga, ni quien puede bloquear sin decidir nada, y esos papeles no escuchan los mismos argumentos. Por último, hay que distinguir el mercado —todos los que podrían comprar— de la audiencia realmente alcanzable con los medios disponibles, sin lo cual se razona sobre un potencial sin saber por dónde alcanzarlo.
¿Qué distingue una alianza de una compra de espacio publicitario?
El compromiso que asume la otra parte. En una compra de espacio, la transacción es completa y simétrica: se entrega una suma, se obtiene una exposición cuyos términos se conocen, y el soporte no toma partido sobre lo que uno vale. Se compra, se compara y se repite, pero la audiencia sabe que un espacio se compra e interpreta el mensaje en consecuencia. Una alianza se apoya en lo contrario: la organización que se asocia pone en juego su recomendación y, por tanto, la confianza que sus clientes le conceden. Si alguno de ellos queda decepcionado, será a ella a quien se lo reproche. El riesgo asumido es de reputación y es asimétrico, lo que explica a la vez por qué una alianza pesa más que una exposición pagada y por qué nunca se cierra por la sola calidad de la presentación.
¿Cómo abordar a una organización con la que se desea asociarse?
Cualificando antes de solicitar, y formulando la propuesta desde su problema antes que desde el propio. La cualificación se reduce a tres preguntas: ¿habla ya esa organización, con regularidad, a las personas que se busca alcanzar?; ¿lo que vende se sitúa al lado de lo que uno vende antes que enfrente?; ¿y quién, dentro de ella, tendría un interés personal en que el acuerdo exista?, porque un acuerdo que solo interesa a la organización en general nunca avanza. La propuesta debe enunciar después lo que el aliado podrá hacer y no hace, lo que podrá dejar de hacer, o lo que podrá anunciar a sus clientes. Vale más un primer gesto pequeño, fechado y reversible que un acuerdo marco ambicioso: una operación limitada se decide rápido y revela si ambas organizaciones trabajan bien juntas.
¿Qué debe contener un acuerdo de alianza para que se sostenga?
Pocas cosas, pero precisas. Qué hace cada parte y para qué plazo, formulado como una acción y no como una intención. Qué puede decir cada parte de la otra, bajo qué forma y con qué nombre. Qué es exclusivo y qué no lo es, porque una exclusividad supuesta es un enfado en preparación. Qué ocurre con los datos de las personas que pasen de una a otra. Cómo se avisan en caso de incidente, punto que decide la supervivencia del acuerdo el día en que un cliente mal atendido llega hasta el aliado. Y cómo termina todo ello. A lo que se añade un elemento que no se escribe en el documento pero lo condiciona: un responsable con nombre de cada lado, sin lo cual el acuerdo muere con un cambio de función.
¿Cuántos caminos conviene abrir al mismo tiempo?
El número más pequeño que la empresa pueda sostener realmente, que casi siempre es inferior al que contempla. El coste de un camino no es su coste de entrada sino su coste de mantenimiento: una presencia alimentada a tirones produce menos que una presencia modesta e ininterrumpida, porque el reconocimiento se construye por repetición. Abrir varios caminos a la vez, lo que ocurre sobre todo en un clima de urgencia, lleva a que ninguno reciba la atención necesaria, a que ninguno sea concluyente y a que se extraiga la lección equivocada de que ninguno funciona. Conviene distinguir dos regímenes: la prueba, conducida sobre un perímetro restringido con un mensaje único y un criterio de éxito decidido de antemano, y la explotación, que instala lo que ha funcionado en una rutina sostenible.
¿Cómo medir una alianza cuando la recomendación no deja ninguna huella?
Preguntando, ya que ninguna herramienta reconstruirá una conversación. La pregunta dirigida a quienes llegan —cómo nos conoció, qué le decidió— da una respuesta imprecisa pero orientada en el buen sentido, lo que vale más que un dato preciso y falso. Se añaden puntos de referencia propios de este tipo de relación, que no son volúmenes: ¿sigue el acuerdo activo o solamente firmado?, ¿han circulado oportunidades en ambos sentidos?, ¿es simétrico el esfuerzo?, ¿y sigue en su puesto el responsable de cada lado? Por último, conviene desconfiar de la atribución al último punto de contacto: es cómoda, acredita el final del recorrido y condena mecánicamente a las recomendaciones, que intervienen pronto.
¿Hay que trabajar la notoriedad o la captación?
Ambas responden a preguntas distintas y no se juzgan con los mismos criterios. La captación busca provocar una solicitud ahora; la notoriedad busca ser ya conocido en el momento en que aparezca la necesidad. La segunda tiene sentido real cuando la decisión se toma rara vez, cuando compromete de forma duradera o cuando pasa por una recomendación, y ese trabajo debe hacerse entonces antes de necesitarlo. El error no es buscar notoriedad, es buscarla sin decirlo y esperar después de ella los efectos de un trabajo de captación. Una prueba sencilla levanta la ambigüedad: antes de emprender una acción, escribir qué debería ocurrir si tuviera éxito y en qué eslabón de la cadena —ser más conocido, o recibir solicitudes por un camino que se sepa nombrar—.
¿En qué casos el marketing no es la respuesta adecuada?
Cuando el problema no es el encuentro. Una oferta a la que nadie atribuye valor no se rescata con el mensaje: si la gente comprende perfectamente y no la quiere, no es la explicación lo que falta. Cuando la capacidad de atender está ya saturada, atraer más alarga los plazos y fabrica ocasiones que no se podrán honrar. Cuando los clientes conseguidos no permanecen, la captación financia un reemplazo y el trabajo útil recae sobre lo que ocurre después de la venta. Cuando la oferta cambia con cada cliente, hay que estabilizar lo que se vende antes de describirlo. Y cuando lo que bloquea es una decisión que nadie ha tomado, ningún trabajo de posicionamiento la tomará en lugar de quienes dirigen la empresa.